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Desde Afuera

Reparadora de sueños

20 de diciembre, 2010

“Siempre,
llega el enanito
y desde esa hora se acaba el silencio
y aparece el trino”

Silvio Rodríguez

Cada día, entre las tres o cuatro de la tarde, se sube a su carro para salir a hacer su tarea mejor, como buena reparadora de sueños. Por las autopistas de Los Ángeles, las que la conducen desde la ciudad de Downey hasta el condado de Orange, va esta muchacha de complexión delgada y rostro sonriente a los hogares de ancianos, para colectar la sangre de los viejitos y llevarlas al laboratorio.

Lo que más llama la atención es que esta misma muchacha, hace alrededor de siete años, les dedicaba sus ocho horas de trabajo a los abuelitos del Hogar Padre Olallo, en la ciudad de Camagüey.

Llegaba al asilo a las ocho de la mañana, y desde que entraba, los pacientes sentían la alegría que esta mujer les trasmitía. Dedicaba las primeras horas de la mañana al aseo de los viejitos, luego les ayudaba a comer su desayuno y también se ocupaba de proveerles las medicinas recetadas por el doctor. Cascabel y trino, manojo de ternura.

¡Cuántas veces fue testigo de las nostalgias y recuerdos de muchos de ellos! Algunos veían en ella, una hija o un familiar allegado, o quizá un amor puro y transparente que solo se siente por alguien que provee paz y bienestar espiritual.

Su afinidad con esta labor, el amor por su trabajo y la ternura que le despiertan las sabias sienes blancas, hicieron que una fuerza atrajera a ella la posibilidad de servir a personas también ancianas en los hogares del condado de Orange, California.

Personas mayores que, si bien muchas veces están inconscientes y otras desorientadas, merecen el respeto y la paciencia por haber andado un camino desconocido para nosotros.

Aquí, el contacto con los pacientes es corto y un poco distante. Solo les dice que viene del laboratorio y que les va a extraer sangre. Pero emplea para esto su más delicada y dulce voz. Sus manos se tornan sedosas y con mucha paciencia busca la vena adecuada. Además les garantiza que no les va a doler.

Las caras de los ancianos se iluminan y poco a poco los brazos van perdiendo tensión.
Estos les traen a su memoria los señores de su ciudad natal. La conexión que guarda en su corazón con ellos, es suficiente para poner en su labor el mismo amor que aprendió en sus primeras experiencias como proveedora de cuidados a los adultos mayores.

Fue como un sueño haber llegado aquí y conectarse con una escuela en Fullerton, en la que, en un corto plazo, obtuvo una licencia, junto a la preparación adecuada, para trabajar como flebotomista.

La experiencia adquirida en el Asilo Padre Olallo, y el contacto con este tipo de pacientes, le han permitido continuar la labor que un día comenzó, sin saber que se convertiría en una de esas personas a las que la vida les encomienda la noble misión de ayudar, con herramientas salidas esencialmente del corazón.


La esquina de Rancho Chico


Nos reuníamos todas las noches en la esquina del restaurante Rancho Chico. No hace falta describir este centro cultural que se disfrazaba de alegre fonda para complacer a algunos entusiastas de la buena palomilla, el arroz congrí y los tostones.

Rancho Chico estaba situado en el corazón de Camagüey, en la esquina de la calle Martí y de la calle República, a un costado del colegio Salesiano y permanecía abierto las 24 horas del día, para recoger a todo tipo de transeúnte, desde ‘el buen salvaje madrugador’ hasta ‘el buen revolucionario noctámbulo’.

La esquina de este restaurante fue testigo de innumerables debates amenizados con regularidad por Domingo Pichardo (Cuchara) y Justico Legido (el trinquete de la plaza de San Francisco), quienes fungían como orientadores de los desvelados parroquianos.

Temas de Cine Club donde se analizaban la última película de Antonioni, el campeonato intramural de soft ball, los amores contrariados, y el acontecer político, eran discutidos noche tras noche, impregnados de nuestro apasionamiento y de fuertes lazos de amistad.

A Rancho Chico se iba a conversar principalmente y a tomarse un café para retar a la acidez y al desvelo, pero era difícil resistirse a una palomilla con congrí, tostones y café por 0.85 centavos y 0.15 de propina.

Recuerdo que ‘El Negro’, uno de los asiduos a ese lugar, llegó un noche algo pasado de tragos y le dijo al flaco descremado que despachaba con voz enredada: “repite palomilla pa’ to’ el mundo”.

A veces nos daban las dos y las tres de la mañana discutiendo de pelota, cuando llegaban los amigos hacendados a tomarse un café con leche, porque se iban a un tranque de ganado. Los que no teníamos finca no podíamos evitar los ojos de admiración hacia los ‘John Wayne’ camagüeyanos.

‘Chimenea’, un personaje pendenciero, garrotero de marca mayor y borracho consuetudinario aparecía en cualquier momento con el grito de “¿Quién le dijo yegua a mama?”, y a correr se ha dicho.

Cuando Batista, los policías nos veían parados en la esquina como parte del paisaje urbano y pasaban de largo, porque interpretaban la reunión como señal inequívoca de normalidad.

Los colmillos del tiempo deben de haber dejado su horrible huella en aquel restaurante y dudo de que siga abierto las 24 horas y mucho menos de que sirvan aquellas comidas deliciosas. Pero si algún camagüeyano de nuestra generación, en una noche propicia, quizás cuando sople con fuerza el viento sur, fijase su atención a los matices del silencio, es posible que escuche los pasos de aquellos amigos acercándose a la esquina y alguna que otra risa confundida con el viento.

Desde esta ciudad de Miami, donde las luces de neón nos anuncia la ciudad mágica y el gran espectáculo de la soledad, donde los amigos ya no se reúnen en las esquinas porque el ritmo de la vida americana te lo impide, los pocos que quedamos de esas tertulias, ya todos abuelos, recordamos esa esquina como la gran plaza de nuestros corazones.

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